Superación o autoengaño

 Hace unos cuantos años, me recuerdo a mí misma en una de aquellas tardes oscuras, húmedas y frías de otoño. Siendo una niña, hacía como que dormía acurrucada en el sofá de mi abuela, mientras escuchaba como un eco una conversación que mi madre y mi abuela mantenían, mientras yo las miraba con los ojos entreabiertos. Recuerdo el olor a café y leña que salía de una negra estufa encendida para calentar las pálidas y finas manos de mi abuela mientras contaba puntos de ganchillo y hablaba al mismo tiempo con mi madre. Nunca se me olvidará el momento en el que escuché cómo mi abuela se decía en voz alta a sí misma “¿Pero qué he hecho yo con mi vida? He vivido siempre encerrada en estas cuatro paredes y en este pueblo…”

Mi abuela se llamaba Paula y en ese momento tenía noventa y ocho años y grandes gafas de las de culo de vaso.

Recuerdo cómo de repente fue como si se le iluminara la cara y sus ojos se torcían hacia el cielo en un gesto de resignación y compasión por sí misma.

En ese momento percibí de una forma muy profunda cómo es el proceso que una persona vive cuando se permite a sí misma traspasar los filtros del autoengaño hasta llegar a la conciencia de reconocer hasta hacer consciente algo siempre sabido por todos, pero nunca aceptado, verbalizado, ni asumido. Después de aquella iluminación o insight cerró sus pequeños ojos con fuerza y con mucha calma y serenidad volvió a bajar la mirada hacia sus puntos de ganchillo, para continuar como la araña negra a tejer de forma silenciosa el reflejo de su vida en forma de mantel de punto con dibujos de flores y caballos.

Quizás nunca se permitió así misma preguntarse qué es lo que quería hacer con su vida desde su profundo fuero interno o quizás sí que se lo preguntó pero siempre con un: “No es posible” por respuesta preconcebida.

Puede que nunca quisiera escuchar la respuesta real y actuar en consecuencia, porque eso significa a veces aceptar las cosas que nos hacen daño, nuestros errores, nuestro verdad interna que sabemos que puede ser dolorosa para otras personas o porque ese cambio significaría superar nuestros apegos a los lugares, a las personas y a nuestros propios miedos.

Lo cierto es que como la pelota que empujamos contra el agua sale volando al soltarla, cuando tratamos de esconder la verdad a través del autoengaño lo que hacemos es comprimir una carga muy pesada por la que el cuerpo y la mente se resienten; al mismo tiempo, en realidad conseguimos que esa verdad interna coja mucha más fuerza y al final se nos escape en un gesto, en un descuido, en una confesión tomando un café, en un momento de crisis, enfado o preocupación.

No importa cuanto esperemos para reconocer, aceptar y superar nuestro lado oscuro, porque en realidad si nunca lo reconocemos se hará visible por sí mismo hasta que se haga tan evidente que nos sea imposible negarlo.

 

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