La escala emocional

Existe una profunda identificación simbólica entre nuestros estados emocionales y el significado psicológico de los diferentes colores y sonidos musicales; es por esto que los colores que nos envuelven y los sonidos son potentes reflejos de nuestra psique, de los estados emocionales e intenciones personales o sociales que envuelven nuestro entorno.

Si nos fijamos en la escala musical, nos daremos cuenta de que la más baja de las notas es el “Do” menor y que para representar la nota musical más alta de la escala, también usamos el sonido “Do” pero agudo o mayor; a nuestras emociones, les ocurre algo similar, existe cierta complementariedad entre las emociones eufóricas y disfóricas; es decir, podríamos describir las emociones como un continuo de tonalidades como ocurre con la escala musical o en la escala de colores, en la que los polos  de dicha escala son complementarios y con la mezcla de esas polaridades vamos fabricando nuevas tonalidades.

Nuestra mitología y la historia de todas las culturas están repletas de simbolizaciones de dichas polaridades; por ejemplo en el símbolo del Ying Yang se describe magníficamente, el hecho de que una polaridad no puede existir sin la otra; porque en el fondo esconden la misma esencia con distintas influencias, contextos, aprendizajes o conceptualizaciones y es la existencia de ambas una consecuencia bidireccional inexorable. La tristeza y alegría, la euforia y la depresión suelen ser emociones complementarias e irán apareciendo de forma  sucesiva en menor o mayor medida; esto sucede en nuestro organismo como un proceso natural que realiza nuestro cerebro de camino hacia el equilibrio; sin embargo es nuestra conciencia el jinete que domina y conduce al caballo de las emociones; así que podemos ayudarnos a nosotros mismos y practicar el ejercicio de dirigir nuestros pensamientos y caminar serenos allí a donde queramos ir; como dice el dicho popular, por lo menos dentro de nuestro planeta Tierra, “Todo lo que sube tiene que bajar”  y algo parecido le ocurre a nuestros estados emocionales cuando caminan sin un jinete sereno que dirija nuestra conciencia.

Hablando de la felicidad, recuerdo cómo al preguntar a uno de mis pacientes sobre aquellos momentos en los que más feliz se encontraba; me comentó que cuando se encontraba tocando música tenía una agradable sensación de paz interior y eso hacía que aumentaran sus niveles de lo que él catalogaría como felicidad; me comentó que especialmente si se encontraba tocando con su grupo de amigos y cuando mostraban su música a un público; para él aquellos eran los momentos que conscientemente había catalogado como suministros de felicidad en su vida y por ello, cada vez que decidía repetirlos se decía a sí mismo “Hacer esto me hace feliz, así que ahora voy a ser feliz”; sin saberlo en cierta manera se preparaba y se autosugestionaba para encontrar la paz mental y la felicidad en aquellas situaciones. Para clarificar este tipo de procesos conscientes e inconscientes que realizamos las personas en las diferentes situaciones de nuestra vida, le pedí que me describiera con la mayor cantidad de detalles que pudiera recordar a cerca de aquellas situaciones en las que decidía permitirse hacerse feliz a sí mismo, juntos pudimos analizar lo que solía ocurrir para luego poder desplazarlo a su vida cotidiana y aprender así de aquellas experiencias en las que sí sabía como sentir bienestar interior.

Al imaginar voluntariamente esa situación, tenía la oportunidad de revivir aquella sensación de conexión y también de observarla conscientemente, tenía la oportunidad de observar cómo se sentía su cuerpo en aquella situación, qué expresiones faciales le acompañaban, cómo dirigía su mirada, con qué tipo de sonidos vibraba más o con qué tipo de recuerdos, imágenes, personas, colores o ilusiones alimentaba a su cerebro en aquellas situaciones

 Así que le invité a ser observador activo de lo que ocurría en el preciso momento de la dicha, para rescatar de forma consciente aquellas conductas y experiencias que pueda repetir en otros contextos y que le proporcionen la deseada sensación subjetiva de felicidad; por otra parte, a veces es mucho más fácil para nosotros detectar conductas o procesos mentales que no hacemos normalmente, antes que ser conscientes de las que sí solemos hacer; así que poco a poco fuimos también relacionando las actitudes que desaparecían al dejar el instrumento a un lado, las conductas, autoverbalizaciones y estados mentales que dejaba de alimentar cuando se bajaba del escenario y comenzaba a sentir cierto vacío emocional.

Era un paciente con una gran capacidad de imaginación y con el que ya había practicado varias técnicas de visualización en imaginación; así que le pedí que cerrase los ojos y que tratara de relajar todo su cuerpo. Comenzamos a practicar la respiración lenta y profunda y le pedí que tranquilo sintiera cómo su barriga se llenaba de aire y cómo muy lentamente lo podía soltar hasta quedarse sin nada de aire en su interior; a continuación, le invité a que comenzase a imaginar que estaba encima del escenario tocando la guitarra con su grupo; le pedí que sintiera esa situación, cómo sus dedos se deslizaban por la cuerda y cómo el calor de los focos reposaba sobre su cabeza; finalmente comenzamos a hablar sobre lo que estaba haciendo, sintiendo y pensando durante la actuación y juntos fuimos detallando la información que podría resultar más valiosa para tener en cuenta en otras situaciones en las que se sentía apático durante su vida cotidiana.

 Durante el ejercicio, mi paciente describió una sensación de concentración activa en la tarea, estaba totalmente despierto y consciente de la situación presente en la que tenía que actuar de inmediato; no estaba pensando en otras cosas de su pasado, ni de su presente, sino que simplemente se dedicaba a vibrar con su presente en sintonía con la melodía que quería transmitir; su pensamiento estaba concentrado en las notas musicales y le parecía bello el hecho de percibir exactitud y coherencia entre las notas que pensaba y las que sonaban de su guitarra; le pedí que describiera esa sensación y pronunció la palabra “Conexión”; me dijo que sentía una agradable sensación de conexión, no sólo con su grupo; sino también con el público, pero muy especialmente consigo mismo en su fuero interno; en ese momento recordé una frase del maestro Mahatma Gandhi “La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace se encuentran en armonía”..

Cuando realizamos ciertas actividades en nuestra vida cotidiana existe una gran tendencia en muchas personas a mantener un diálogo interno de pensamientos que superponen la acción y que suelen estar referidos a situaciones del pasado o a preocupaciones sobre el futuro; pero la experiencia nos dice que para la correcta utilización de todos nuestros recursos atencionales y perceptivos es esencial ejercitar a nuestro foco atencional y aprender a dirigirnos a nosotros mismos hacia el estado de concentración en el momento presente, para de esta forma poder experimentar y degustar cada una de las sensaciones que nos proporciona el hecho de estar vivos. Sabemos que la felicidad emerge de los momentos presentes en los que nos detenemos a vivir la esencia de las cosas, en los momentos en los que nos decimos a nosotros mismos lo bello que es estar en esa situación y lo feliz que nos hace llevar a cabo cierta actividad. ¿Qué pasaría si mientras viésemos el más bello de los paisajes nos repitiéramos a nosotros mismos la frase “No soy suficientemente bueno”? A veces nuestro presente es el mejor de los paisajes, pero sin embargo no cuidamos nuestro lenguaje interno y esto hace que modifiquemos toda nuestra percepción de la realidad y nuestra forma de sentirnos.

 Cuidar el lenguaje interno puede ser una difícil tarea especialmente para personas que han sido educadas en familias exigentes, autoritarias o simplemente por la falta de práctica o el desconocimiento de la importancia de nuestros pensamientos en la forma de sentirnos y en nuestra salud física y mental; actualmente se está comprobando con métodos científicos las influencias entre nuestros pensamientos, las emociones que nos provocan y los cambios fisiológicos que esto produce en nuestro organismo e incluso se están asociando cierto tipo de problemas emocionales con determinadas enfermedades concretas; es por eso que es un ejercicio de salud, tomarnos un tiempo para escucharnos a nosotros mismos, escribir o hablar con alguien sobre nuestras pensamientos y emociones más profundas hasta clarificar aquellos pensamientos que nos bloquean o nos mantienen paralizados; por ejemplo un enfado es un claro ejemplo de un bloqueo, los niños lo representan de una forma muy entrañable; se cierran en sí mismos cruzando brazos y piernas, endurecen el gesto, fruncen el entrecejo,  miran hacia abajo y en muchas ocasiones dejan de hablar bloqueando así la comunicación y todos los canales de contacto con el exterior; están claramente bloqueados en un enfado,  para ellos el motivo del enfado es un problema que podrá solucionar más fácilmente dependiendo de su capacidad de reflexión y de su capacidad para crear nuevas alternativas de pensamiento; podemos decir que todo lo que somos y todo lo que sentimos es el resultado de lo que pensamos sobre lo que nos ocurre.

Por otra parte, cuando estamos totalmente conectados y concentrados en el presente fluimos con las circunstancias y simplemente nos dedicamos a responder de la manera en la que mejor lo sabemos hacer, la creatividad se dispara, el miedo se diluye y  sale a la luz todo lo más puro de nosotros mismos, pero como en una improvisación musical, no es fácil llegar a las notas altas y  esto sólo ocurre a veces, para que la música sea armoniosa sabemos que nunca debe de ser por demasiado tiempo o de lo contrario sonaría una melodía estridente que acabaría por molestarnos.

En otras ocasiones como ocurre en algunas melodías, diferentes notas, altas y bajas pueden ocurrir al mismo tiempo y dependiendo de las circunstancias específicas del momento y de la interacción entre los diferentes instrumentos pueden crear y experimentar determinadas melodías, historias o situaciones infinitas, como los números que no tienen más fin que el concepto de infinito; la composición puede deslizarse hacia distintas tonalidades entre ambos extremos, pero deberemos poner en marcha todos nuestros recursos para ir completando nuestros espacios vacíos de forma acertada, elegante y armoniosa hasta resolver todos los posibles conflictos que nos impidan respirar tranquilamente y sentirnos completos y libres allí donde nos invite nuestro talento y nuestra capacidad para crear posibilidades.

Amigo lector ¿Qué experiencias son las que a usted le hacen sentir feliz? Relájese y deténgase a recordar cada detalle, cada sensación en la piel que recubre todo su cuerpo; experimente con sus recuerdos enfocando su atención en cada uno de sus cinco sentidos ¿Qué imágenes o sonidos puede recordar de las situaciones en las que podría decir que se siente feliz? ¿Con qué pensamientos alimenta esas situaciones? ¿Qué podría decirse a sí mismo que todavía no se dice para hacer que la situación sea más agradable? ¿Cree que podría extender estos procesos mentales a otras situaciones de su vida cotidiana?

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